La obra de Sánchez "KISHOR" |
Margarita Sandoval / Doctora en periodismo
Inscrita en las paradojas del mundo contemporáneo, la obra de Kishor refleja la incertidumbre que separa y une al mismo tiempo realidades opuestas: la tradición andina y la decadencia de la modernidad. La identidad personal y artística deja de ser un concepto en el pintor ecuatoriano y se convierte en una búsqueda permanente que comenzó hace más de dos décadas.
La herencia cultural motivó sus primeros cuadros. En la etapa andina prevalecen mujeres y hombres ataviados con ropas de vivos colores; mestizos y nativos hermanados con la bondad de la tierra, integrados de forma natural al paisaje. Tradiciones ancestrales expresadas en actos cotidianos son los temas principales. A lo largo de esta etapa surgen las primeras confrontaciones estéticas, de manera que podemos apreciar el paso de una pintura naïve a una más personal y reflexiva.
La búsqueda continúa como acto de renovación artística y espiritual. La reencarnación de los lienzos refleja la distancia que el artista ha tomado con respecto a su etapa anterior. Estudioso de las vanguardias del siglo XX, Kishor se decanta por el cubismo y el expresionismo: Picasso y Kooning dejarían una huella trascendental en su acervo estilístico. Los temas urbanos ocupan un lugar preponderante en los sugerentes collages, las alusiones a la cosmogonía andina son intencionalmente lejanas y significativas. Materiales externos, incluyendo otras pinturas del mismo autor, se integran a la obra y conforman nuevos sentidos. En esta etapa se agudiza la dialéctica del artista con el color a través de la ejecución de la mancha: corrientes de tinta encauzadas por el movimiento intencional del artista. Una búsqueda consciente que convive con la ineludible casualidad.
Su voluntad para revalorar los instrumentos de la pintura de todos los tiempos lleva a Kishor a realizar Los petroglifos del color. En esta etapa, el soporte recupera su importancia como instrumento milenario, indispensable y condicionante, en mayor o menor medida, de la obra pictórica. Interesante resulta la conformación y la distribución de los detalles, los renovados símbolos del mestizaje como hilo conductor, así como la abstracción de las formas, las cuales apelan a la apreciación estético-ideológica de quien las observa. El artista no busca un espectador para su obra, sino un co-creador que se sienta identificado a través del discurso sugerido.
Mestiza en el contenido, pero mucho más en la forma, Europa andina es un espacio donde se integran los conocimientos y experiencias del pintor: las raíces se fortalecen y la trayectoria del trazo evoluciona hacia formas intencionalmente libres y expresivas. El trazo evidencia la capacidad expresiva de las brochas, las espátulas o los pinceles; las herramientas de la pintura cohabitan con los valores plásticos de la obra, de los que cabe destacar la transmigración de los colores y la experimentación con materiales alternos como la arena o las cuerdas de una vieja guitarra. Kishor propone una disertación estética sobre las técnicas de la pintura, el lenguaje de sus materiales y la abstracción de las formas. La obra se vuelve un referente para sí misma y, al mismo tiempo, un reflejo de la búsqueda que caracteriza al arte contemporáneo universal.